

Récit de changement
Es el amanecer en la alta ciudad de La Paz, en Bolivia. Los ruidos de las bocinas, de los vendedores ambulantes y de las conversaciones llenan poco a poco la atmósfera húmeda dejada por la noche. Yo también me dispongo a salir de mi casa hacia mi negocio, el cual me costaba hacer prosperar desde hace 23 años. Al menos, hasta hace muy poco...
Las mujeres en Bolivia tienen una alta tasa de participación en la población activa; sin embargo, más del 70 % de ellas ocupan empleos informales, principalmente en el emprendimiento de baja productividad y sin protección social. Esta fuerte presencia contrasta con condiciones precarias: ingresos más bajos, acceso limitado al crédito y una frágil cobertura de seguridad social. Además, las mujeres enfrentan una carga estructural de cuidados, dedicando un promedio de 39 horas semanales al trabajo de cuidados no remunerado, frente a las 14 horas que dedican los hombres, lo que restringe sus oportunidades económicas. En este contexto, la autonomía se ve aún más obstaculizada por los altos niveles de violencia: aproximadamente 7 de cada 10 mujeres han sufrido alguna forma de violencia a lo largo de su vida.
Me llamo Wanda Magariños y mi camino comenzó como el de la mayoría de estas mujeres. Mi esposo me dejó hace unos años cuando teníamos tres hijos pequeños. Aunque hasta ese momento yo había sido ama de casa, tras su partida no tuve más remedio que encontrar una fuente de ingresos para cubrir sus necesidades. Fue entonces cuando decidí aprovechar los conocimientos ancestrales de tejido que me había heredado mi abuela. Los hilos de colores se entrelazaban con habilidad bajo mis dedos; me sentía útil y podía realizar esta actividad desde casa, mientras cuidaba de mis hijos.
Sin embargo, pronto me enfrenté a un gran desafío: ¿a quién le iba a vender mis creaciones? Mi entorno más cercano podía comprarme algunas piezas, por supuesto, pero eso era del todo insuficiente para obtener ingresos estables. Ya sabía que mi solución podría estar en las calles comerciales de Sagárnaga o Linares y en el laberinto de callejones que las rodean, el verdadero corazón palpitante de la venta de artesanías en La Paz. Pero, ¿cómo iba a alquilar mi puesto y comprar mis materiales sin un solo centavo de capital en el bolsillo?
Estos cuestionamientos formaban un círculo vicioso difícil de romper, hasta el día en que, junto con el CECI y el colectivo MESyCJB, encontré las herramientas para romper mi aislamiento comercial. Fue entonces cuando pude acceder a microcréditos para comprar mi materia prima y capacitarme en gestión comercial con la ayuda de voluntarios internacionales para superar mis obstáculos. El MESyCJB me integró en las ferias comerciales y en una extraordinaria comunidad de compañeras solidarias. «Cuando los problemas y las dudas se acumulaban, fueron mis compañeras del MESyCJB quienes me dieron la fuerza para continuar y salir siempre adelante». ¡Mi negocio finalmente se estabilizó a tal punto que ahora puedo apoyar los sueños profesionales de mi tres hijos en los campos de la salud, la ingeniería y la música! Hoy en día ya no solo sobrevivo, sino que me realizo plenamente. ¡Lo que demuestra que nunca es demasiado tarde!

Hoy en día, soy libre de elegir mis proyectos y de qué manera deseo comercializarlos. Regularmente realizo creaciones personalizadas para mi clientela, lo que poco a poco me ha forjado una reputación sólida y de calidad. Para mí es esencial ofrecer productos de alta gama, ¡porque cuanto más satisfechos están mis clientes, más se amplía su número!