

Récit de changement
Tenía 10 años cuando mi madre me inició en la elaboración de joyas. Veía sus dedos manipular los hilos y las cuentas de colores con una agilidad que despertaba mi admiración. Veía siglos de práctica de nuestros antepasados mayas cobrar vida en sus manos. Con paciencia, ella me inculcó a mi vez esta práctica tradicional maya que es la base de la preservación de nuestros símbolos culturales. La creación de joyas es uno de los pocos ámbitos donde las mujeres podemos ejercer nuestro liderazgo en nuestra comunidad. Esto explica la importancia que le otorgamos.
Fue con determinación que desarrollé mis habilidades a lo largo de los años hasta dominar una nueva materia: el textil. Mi nombre es Ana y soy la fundadora de la marca ANAMAR, la cual crea prendas y joyas inspiradas en la cultura maya de la región de Chichicastenango, en Guatemala.
Aunque estoy inmensamente orgullosa del camino recorrido con mi empresa, en el lugar donde vivimos, la confección de ropa y joyas era insuficiente para cubrir por completo nuestras necesidades. Los mercados son de difícil acceso y no contábamos con recursos que nos enseñaran a gestionar un negocio de manera más eficiente. Como artesanas mayas, competimos regularmente con la falsificación, que por supuesto se vende más barata que nuestros productos auténticos. Además, como la mayoría de nosotras somos madres, no podemos ausentarnos por mucho tiempo, especialmente cuando los hijos son pequeños. ¡Ser artesana maya en una ciudad como Chichicastenango es una lucha constante, créanme!
Entonces, tuvimos que resignarnos... y adoptar un trabajo complementario: la agricultura. Pero, una vez más, nuestros campos no respondían adecuadamente a nuestras necesidades. Lo que cosechábamos no era lo suficientemente nutritivo e incluso a veces era dañino, un arma de doble filo para nuestra salud. Me parecía que era una rueda sin fin que corría el riesgo de llevarnos al borde del agotamiento.
Luego, la organización CECI envió el Programa de Cooperación Voluntaria (PCV) a nuestra región. A través de intercambios y el acompañamiento de los voluntarios, fuimos consolidando progresivamente nuestras habilidades para manejar mejor nuestro día a día. Los espacios de intercambio de experiencias en los que participamos nos permitieron desarrollar conocimientos en finanzas, gestión empresarial, fortalecimiento de prácticas relacionadas con los huertos orgánicos y agricultura sostenible y nutritiva: 'La relación fue muy hermosa. A pesar de nuestras culturas diferentes, hubo intercambios valiosos. Estamos agradecidas por el apoyo recibido.

Para muchas, esta iniciativa ha tenido un impacto considerable en sus vidas. Hoy nos sentimos más seguras de nuestras capacidades y equipadas para tomar iniciativas significativas en nuestro entorno. ¡Una de nosotras, María Pérez Velazco, incluso se convirtió en concejala de la municipalidad de Santa María Nebaj! Es alentador ver a una mujer ocupar un puesto de toma de decisiones como ese.
Las 82 participantes en el proyecto del PCV también saben ahora cómo cultivar en abundancia cilantro, rábano, apio y acelga. Este éxito nos permite ser menos dependientes de los mercados de alimentos locales e, incluso, generar ingresos complementarios a través de la ganadería y los fertilizantes orgánicos. Sin embargo, el impacto más importante es nuestro aprendizaje, un aprendizaje que podremos heredar a las próximas generaciones.
Hoy camino por las calles adornadas con los textiles coloridos que venden los artesanos y artesanas de Chichicastenango, sabiendo que ahora tengo un lugar sólido en esta economía tan nuestra.