Historia de éxito

Las mujeres en la tierra de las mil colinas: cuando el diálogo cambia las reglas del juego

Ruanda
Publicado por : Shima Butera

El miércoles 21 de enero de 2025, al cruzar la puerta de las oficinas de la ONG Duterimbere en Kigali, aún no era consciente de todo lo que estaba por transformarse para las mujeres que iba a conocer, para la organización y para mí.

Una acogida sin protocolo

Me recibieron como si ya fuera parte de la familia. Sin protocolos rígidos, solo sonrisas sinceras y preguntas genuinas sobre mi trayectoria y sobre lo que me había llevado hasta allí. Se tomaron el tiempo de explicarme las prioridades de Duterimbere, su misión junto a las mujeres y sus métodos. Y, sobre todo, me escucharon. Desde ese primer día sentí que no venía a “aportar” algo desde afuera, sino a entrar en una relación de colaboración en la que cada persona tenía algo que ofrecer.

En las comunidades que visitamos después, esa misma humanidad estaba presente en todas partes. Las mujeres me hablaban de sus grupos de ahorro, de sus pequeños emprendimientos y de sus desafíos cotidianos, siempre con una serena sensación de orgullo. Mi kinyarwanda titubeante provocaba risas, nunca burlas: me corregían con amabilidad, me animaban y practicábamos juntas las palabras adecuadas. Alrededor de una taza de té, después de cada encuentro, aprendía tanto sobre la resiliencia comunitaria como compartía conocimientos técnicos.

Poco a poco, mi postura fue cambiando. Ya no era solamente una profesional en una misión de cooperación, sino una socia que aprendía al mismo tiempo que contribuía.

Un desafío central: la autonomía económica de las mujeres… y el equilibrio en la pareja

Muy pronto, un tema se impuso como hilo conductor de mi mandato: cómo fortalecer la autonomía económica de las mujeres rurales para que ya no dependan exclusivamente de sus esposos en la toma de decisiones y el acceso a los recursos financieros.

Junto al equipo de Duterimbere y a un colega voluntario del CECI, decidimos ir más allá de las capacitaciones tradicionales. Diseñamos de manera conjunta una sesión sobre innovación y formulación de proyectos dirigida a mujeres y jóvenes. Esta formación se convirtió en una puerta de entrada para comprender mejor sus realidades: competencias digitales, autoestima, salud mental, aspiraciones profesionales, pero también tensiones dentro de la pareja.

A partir de estos intercambios, realizamos un análisis colectivo con el personal de Duterimbere. Surgió una lista de desafíos prioritarios que se jerarquizó según su urgencia y potencial de transformación. De ese trabajo nacieron dos proyectos estructurantes:

  • Vuga–Duterimbere (Habla – Para desarrollarte) — centrado en el bienestar mental, la comunicación en la pareja y la resolución no violenta de conflictos como motores de emancipación y desarrollo económico.
  • Imenye–Uterimbere (Conócete – Para desarrollarte) — enfocado en la juventud, la salud sexual y reproductiva, la innovación social y el uso responsable de lo digital para apoyar su inserción socioeconómica.

Estos proyectos se integraron en los ejes estratégicos de Duterimbere y abrieron un espacio para abordar, de manera articulada, temas de ingresos, salud mental, relaciones de pareja, futuro profesional e incluso cambio climático.

Un taller que marca un antes y un después: cuando las parejas empiezan a hablar

El momento más impactante de mi mandato fue un taller cofacilitado en Rulindo con parejas de entre 30 y 65 años. El tema era especialmente delicado: bienestar conyugal, masculinidades positivas y desarrollo familiar.

Al inicio, el ambiente estaba marcado por cierta reserva. Los hombres observaban con los brazos cruzados; las mujeres permanecían algo retraídas. Luego comenzaron las primeras intervenciones. Un hombre expresó que nunca había aprendido a hablar de sus emociones, ya que siempre le habían dicho que “un hombre no se queja”. Una mujer explicó que llevaba a cuestas el trabajo doméstico, la crianza de los hijos y, a veces, una actividad generadora de ingresos, sin poder dialogar siempre sobre ello con su esposo.

Las risas tímidas dieron paso a conversaciones profundas. Las parejas empezaron a hablar —en algunos casos por primera vez— sobre el reparto de tareas, sobre cómo apoyarse mutuamente y sobre lo que, para ellas, significa una relación respetuosa.

Durante otra formación en Karongi, dedicada a la igualdad de género y al emprendimiento femenino, documenté testimonios de parejas, especialmente de mujeres integrantes de grupos comunitarios de ahorro. Algunas mencionaron tensiones e incluso situaciones de violencia que limitaban directamente su autonomía económica. Sin embargo, también compartieron señales de cambio:

Hombres contaban que comenzaban a implicarse más en las tareas del hogar para liberar tiempo a sus esposas. Mujeres decían sentirse más legitimadas para iniciar proyectos, ahora que contaban con el apoyo de sus parejas.

Ese día comprendí de forma muy concreta lo que significan, en la vida cotidiana, conceptos como “masculinidades positivas” o “igualdad de género”. No son solo marcos teóricos: son conversaciones, decisiones y acuerdos que se construyen en casa, alrededor de la mesa por la noche, cuando se habla del dinero del hogar o de los sueños de los hijos.

Una transformación compartida: mujeres, organización y voluntariado

Los efectos de estas iniciativas se manifestaron a distintos niveles.

Para las mujeres y los hombres participantes, los talleres abrieron espacios de diálogo que no siempre existían anteriormente. Se perciben cambios —a veces discretos— como una distribución más equitativa de las tareas domésticas, una escucha más atenta y un apoyo explícito a los proyectos económicos de las mujeres. Para ellas, esto se traduce en mayor confianza en sí mismas, más margen para emprender y mayor reconocimiento en sus familias y comunidades.

Para la ONG Duterimbere, las formaciones, los relatos recopilados y los proyectos co-construidos fortalecieron tanto la calidad de sus intervenciones como su capacidad para comunicar su impacto. Los testimonios y datos recolectados sirven hoy para ajustar las acciones y también para nutrir la comunicación institucional, especialmente en redes sociales, destacando la fortaleza de las mujeres y de las parejas comprometidas.

Para mí, esta experiencia marcó un punto de inflexión. Aprendí a trabajar a partir de historias de vida, a escuchar antes de proponer y a reconocer que las personas no son solo “beneficiarias”, sino verdaderas expertas de sus propias realidades. Comprendí que la igualdad de género se construye tanto en los gestos cotidianos como en las políticas públicas.

Este mandato reforzó mi convicción de que el cambio sostenible siempre nace de la co-construcción: cuando mujeres, hombres, organizaciones locales y personas voluntarias diseñan juntas las respuestas a desafíos complejos.

Lo que me enseñaron las mujeres de la tierra de las mil colinas


Al dejar Rwanda, supe que una parte de mí se quedaba allí, en esos grupos de ahorro animados por risas, y en esos talleres donde las parejas se atreven por fin a decir: “queremos hacerlo de otra manera”.

Las mujeres que conocí me enseñaron la dignidad ante la adversidad, la fuerza de la solidaridad y el valor de cada palabra al contar una historia propia. Me recordaron que la autonomía económica no es solo una cuestión de ingresos: también es la posibilidad de sentirse escuchada, respetada y apoyada en sus decisiones.

Si tuviera que resumir esta experiencia en un solo mensaje, sería este:

Den voz a las mujeres y escucharán una revolución.
Entréguenles el micrófono y el escenario, y verán comunidades enteras levantarse.

Nuestros socios

Gracias a nuestros socios financieros y de implementación, sin los cuales este proyecto no sería posible. El programa de cooperación voluntaria del CECI se lleva a cabo en colaboración con el Gobierno de Canadá.

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