Historia de éxito

Entre las montañas de Quiché y las risas de las mujeres

Guatemala
Publicado por : Johanne Larouche

Antes de convertirme en voluntaria, trabajaba en desarrollo empresarial, marketing digital y acompañamiento del desarrollo humano.

Acompañaba a mujeres emprendedoras a descubrirse a sí mismas y a expresarse mejor. Sin embargo, a pesar de estos bonitos proyectos, me faltaba algo esencial: la sensación de que mi día a día estaba plenamente en consonancia con mis valores y con la vida que realmente quería llevar.

Hoy en día, son las mujeres mayas, en las montañas de Quiché, en Guatemala, las que me enseñan cómo se cuenta una comunidad a través de sus productos, su tierra y sus silencios.

Un recorrido marcado por los encuentros

Para contextualizar, hay que decir que no es mi primera experiencia como voluntaria internacional. Empecé durante la pandemia como voluntaria a distancia en Bolivia. Solo después de un primer mandato virtual en Guatemala se me presentó una oportunidad: un primer mandato presencial de tres meses. ¡Me picó el gusanillo!

Así, en este primer mandato, recorrí las diferentes comunidades. En total, unas quince en menos de diez semanas. Luego me ofrecieron otro mandato, una oportunidad de doce meses para desarrollar el poder económico de las mujeres. Así es como comienzo esta nueva aventura en las montañas de Guatemala.

Aceptar este mandato no solo significaba decir sí a un nuevo proyecto. Fue una decisión que transformó mi vida: abandonar una trayectoria más lineal, cambiar mis puntos de referencia y elegir deliberadamente un giro profesional orientado al sentido, la coherencia y el impacto humano.

Mi lugar de trabajo no es solo un punto en el mapa. Se extiende desde las montañas de Quiché hasta los sinuosos caminos de Huehuetenango, desde Chiché hasta Pachalum, desde las comunidades de Sololá y Sacatepéquez hasta la ciudad de Guatemala. Cada lugar me ha ofrecido un encuentro, un ritmo, una historia que escuchar.

Lo que me atrajo del voluntariado

Siempre me ha atraído la comunidad, lo comunitario, el deseo de ayudar a los demás desde que era niña. Esta orientación es una continuación de mi trayectoria profesional, pero con una nueva dimensión: tenía el deseo de poner mis habilidades al servicio del colectivo, de dar un nuevo sentido a mi trabajo de una manera más directa y tangible.

En un momento dado, se impuso como una evidencia: si quería que mi vida y mi carrera tuvieran más coherencia, debía atreverme a un cambio real y profundo. No quería simplemente «ayudar»: quería cocrear, aprender a escuchar de otra manera y hacer de esta elección un verdadero punto de inflexión personal y profesional.

¿Qué hago aquí?

Actualmente colaboro con el Centro Regional de Capacitación Para la Participación Comunitaria (CERCAP), que utiliza el modelo de participación basado en la filosofía y la metodología de participación comunitaria desarrollada por la Asociación de Cooperación para el Desarrollo Rural de Occidente (CDRO). Se trata, en definitiva, de un centro regional de formación comunitaria que apoya a grupos de mujeres en la transformación y comercialización de productos locales. 

La misión del CERCAP-CDRO es fomentar el desarrollo integral de la región mediante el fortalecimiento de las organizaciones comunitarias, la formación de recursos humanos y el fomento de la participación de las comunidades en los procesos de desarrollo.  

Un acompañamiento para una mayor autonomía

Esta visión se alinea directamente con el Programa de Cooperación Voluntaria (PCV), que apuesta por el empoderamiento económico de las mujeres como palanca para un cambio sostenible. Al trabajar en el fortalecimiento del poder económico de las mujeres, el PCV ha establecido una alianza estratégica con CERCAP-CDRO para maximizar el impacto de sus respectivas intervenciones.

Al acompañar a estos grupos de mujeres en la transformación y comercialización de sus productos, mi mandato se encuentra en la encrucijada de estos dos objetivos: apoyar a organizaciones más fuertes y autónomas y a mujeres que ocupan un lugar más importante en la economía local.

Junto con mi compañero de trabajo, Omar, hemos acompañado a organizaciones en varias regiones rurales de Guatemala, entre otras, alrededor de Quetzaltenango y Totonicapán.

Tras los cursos de formación impartidos por CERCAP-CDRO, algunas organizaciones producen ahora champú natural, otras mermelada artesanal, y todas comparten el mismo sueño: vivir dignamente de su trabajo. Estos ejemplos concretos ilustran los objetivos de mi mandato: promover el empoderamiento económico de las mujeres mediante la comercialización de sus productos y el apoyo al emprendimiento femenino. Próximamente les acompañaremos en la comercialización de sus productos.

La comercialización no es solo una cuestión de logotipos o etiquetas, sino un proceso que permite a estas mujeres posicionar mejor sus productos, acceder a nuevos mercados y, en última instancia, aumentar sus ingresos. Ahí es donde mi experiencia en marketing y digitalización cobra todo su sentido.

Lo que construimos juntos no son solo productos que se venden mejor, sino bases más sólidas: confianza mutua, competencias en gestión y marketing y la capacidad de defender el valor de su trabajo a largo plazo.

Nuestras reuniones solían comenzar alrededor de la mesa de la cocina o bajo un túnel de fresas, hablando sobre la comercialización y los retos. Pero detrás de esas conversaciones siempre había mujeres. Madres, hermanas, emprendedoras.

Detrás de cada pequeña empresa de champú, mermelada o productos artesanales, hay un proyecto de emprendimiento femenino que se construye, a menudo a partir de muy poco, pero con mucha resiliencia y creatividad. Mi mandato consiste precisamente en apoyar estas iniciativas para que sean más viables y visibles.

Estas historias, estos rostros, estos productos no son solo bonitos recuerdos del trabajo con las comunidades. Encarnan los objetivos de lo que hago aquí en Guatemala: apoyar el empoderamiento económico de las mujeres, dotarlas de herramientas para comercializar sus productos y apoyar el surgimiento de un emprendimiento femenino fuerte, arraigado en sus realidades y abierto a un mundo de posibilidades.

Los retos del día a día

El camino no siempre ha sido fácil, ¡y lo digo en sentido literal! Las carreteras de Guatemala son a veces auténticas pruebas. ¡Nos beneficia ser creativas en nuestros enfoques!

Otras mujeres se sienten aisladas o desanimadas cuando su trabajo no se valora como se merece.

Hemos tenido que replantearnos nuestros modelos: ¿cómo compartir los recursos? ¿Cómo fijar un precio justo? Es un trabajo en curso, un proceso lento, a veces frustrante, pero a menudo se lo recuerdo a los equipos y a los grupos de mujeres: mientras aprendamos y avancemos, aunque sea a pequeños pasos, sigue siendo un progreso. Como me gusta decir sonriendo, es un «trabajo en progreso»: lento, imperfecto, pero muy real.

Ha habido momentos de tensión, que nos llevan a replantearnos casi constantemente nuestra forma de actuar, de pensar y de reaccionar. Estos momentos intensos también nos acercan, porque trabajamos juntas hacia un objetivo común.

Los cambios no siempre se ven de la noche a la mañana, pero se producen a largo plazo: grupos más estructurados, decisiones tomadas colectivamente, mujeres que ocupan más espacio en los debates económicos de su comunidad.

Éxitos que reconfortan

En Chamac, visitamos a un grupo de mujeres jóvenes que desean cambiar el rumbo de sus vidas. De las 30 mujeres, 25 tenían menos de 25 años.

Cada nueva competencia, cada producto mejor presentado, cada venta realizada refuerza su capacidad para generar sus propios ingresos y tomar decisiones económicas para ellas mismas y sus familias. Esto es lo que constituye el núcleo del empoderamiento económico al que aspira mi mandato.

Mi trabajo en digitalización y marketing web me lleva a conocer a mujeres con corazón, convicción y capacidad de acción. Estas mujeres tejen el futuro poniendo todo su corazón en su arte con gran orgullo. Porque, más allá del producto final, está la historia de cada una de estas artesanas del hilo, sus antepasados y su rica cultura maya.

Más allá de los ingresos inmediatos, lo que cuenta es el impacto a largo plazo: la confianza en sí mismas que se construye, el liderazgo que surge, las nuevas perspectivas que se abren. Estas mujeres ya no se conforman con esperar a que se les den oportunidades; aprenden a crearlas, a aprovecharlas y a defenderlas.

Así, cada paso, por pequeño que sea, cuenta. El orgullo se refleja en sus gestos, en la forma en que hablan de sus productos, en la mirada que posan sobre su propio trabajo.

Y aprendo cada día...

El voluntariado no es un acto de generosidad, es un aprendizaje mutuo. El ritmo es muy diferente al nuestro. Descubrimos la lentitud, la confianza, el poder de la escucha. Aprendemos a lidiar con lo impredecible, a abandonar las certezas, a dejar de lado las cosas que son menos importantes.

Esta misión me ha enseñado la paciencia, la flexibilidad, la adaptabilidad y la belleza del trabajo colectivo.

Me ha recordado que el desarrollo no es una línea recta, sino un delicado entretejido de culturas, conocimientos y voluntades. La idea no es crear dependencia, sino, por el contrario, apoyar dinámicas que continuarán sin mí, con los socios locales y las propias mujeres como protagonistas del cambio.

Si tuviera que dar un consejo

No te vayas para salvar a nadie. Vete para escuchar, para vivir una experiencia personal y profesional enriquecedora en muchos niveles.

Ven con tus habilidades, pero también con tus dudas. Al aceptar las mías, me atreví a tomar esta decisión que transformó mi vida y reorientó mi carrera hacia algo que finalmente tiene sentido para mí.

¡Y deja que la vida te sorprenda!

Porque a veces, el mayor éxito es cuando una mujer te dice, simplemente:

«Ya no tengo miedo de vender mis productos sola».

Nuestros socios

Gracias a nuestros socios financieros y de implementación, sin los cuales este proyecto no sería posible. El programa de cooperación voluntaria del CECI se lleva a cabo en colaboración con el Gobierno de Canadá.

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